martes, 18 de julio de 2017

Redefiniendo la "Asperansiedad"


Tengo una Ansiedad extraña, que va y viene. Es una ansiedad muy particular. Ya he escrito una entrada sobre ella, pero ahora, un tiempo después, lo siento de forma diferente y quiero matizar la entrada anterior. 

No siento tener un Trastorno de Ansiedad, lo que siento tener es un malestar más o menos agudo en situaciones que por mi condición no puedo controlar. En realidad, más que ansiedad creo que lo que hace mi cuerpo es somatizar el malestar de mi mente cuando tengo que enfrentarme a situaciones poco amigables para mí. Pero no siento tener un Trastorno de Ansiedad patológico.

No tengo una Fobia Social porque: 
  1. No siento ansiedad intensa en situaciones sociales por temor a ser evaluada por otras personas. No me incomoda conocer gente nueva, ni me siento observada, ni me da miedo dar una charla delante de personas. Si me crea tensión el agotamiento mental de tener que estar guionizando constantemente qué decir, qué hacer para "caer bien", para no cometer errores sociales y eso me pasa, sobre todo, con personas conocidas. Con las personas desconocidas puedo manejarme, inicialmente, más o menos bien porque con ellas tengo un "algoritmo mental" para llevar conversaciones y siempre es más o menos el mismo con todas las personas (saludar, preguntar por lo que hace, etc.). En cuanto ya conozco a la persona, me cuesta más mantener interacciones porque tengo que improvisar nuevos esquemas mentales y eso me cuesta profundamente.
  2. Si he tenido temor a evidenciar mi vulnerabilidad en épocas tempranas y eso me ha hecho aislarme para evitar enfrentarme a situaciones que no sabía manejar. He evitado situaciones sociales no por el temor a mostrar síntomas de ansiedad, sino por la angustia a la invisibilidad. Realmente nunca he sido una persona rechazada por el grupo, más bien he sido yo la que me he aislado porque desde muy joven he sido consciente de mi incapacidad para relacionarme y "no quería ser descubierta". Ser consciente de mi incapacidad social es lo que me ha hecho evitar las situaciones sociales. Las he evitado porque no quería evidenciar mis dificultades, ni quería sentir la frustración por no saber "qué hacer", no por el temor a ser humillada o rechazada sin más.
  3. Las situaciones sociales no me provocan miedo. Como ya he comentado, las situaciones sociales me producen incomodidad por no saber qué hacer, qué decir en ellas de forma espontánea. No las disfruto y me generan cansancio, frustración. Cuando mi mente se queda sin recursos comunicativos es cuando se queda en blanco y empieza ha manifestarse la somatización: dolor de cabeza, malestar estomacal, sueño, palpitaciones, ganas de llorar, etc.  Las reuniones sociales como navidad, fiestas, bodas, etc. son los peores momentos. Estas situaciones me producen una gran irritabilidad, pues me parecen larguísimas, superficiales y una absoluta pérdida de tiempo. Es un tiempo robado que podría estar ocupando en cosas más interesantes. Ahora, procuro evitarlas.
  4. Evito situaciones sociales no porque la gente me de miedo o sienta vergüenza. No siento vergüenza, pero soy poco comunicativa, lo que la gente interpreta como una introversión. Simplemente, no me gusta comentar "sobre mí", ni me gusta que me pregunten sobre mí si no siento que les interesa "de verdad" (con la misma pasión que a mí). Lo siento como una invasión a mi intimidad. Solo puedo hacerlo con personas muy, muy seleccionadas. Tampoco me hacen gracia las bromas, ni participo en hacer "tonterías", no por vergüenza, sino porque me parecen ridículas.
  5. No siento el entorno social como una "amenaza", sino como una situación incomoda que no puedo controlar con facilidad. El recuerdo del agotamiento físico y mental de otras situaciones ya vividas me impide tener una idea gratificante de los encuentros sociales convencionales. Ese recuerdo me puede producir bloqueos, colapsos. Tal vez mi mente los use como sistema de alerta. 
  6. He procurado evitar las situaciones sociales toda mi vida para mantener mi "homeostasis emocional", no porque la gente me produzca temor, ni porque me sienta evaluada por los demás. De echo, también evito situaciones con gente que me aprecia y aprecio porque, incluso con ellas, tengo que guionizar mentalmente y mis conductas sociales no son espontáneas. Mis conductas sociales son pensadas, incluso con la gente a la que aprecio. Es agotador. 
  7. La tensión emocional que siento cuando me enfrento a situaciones o encuentros sociales es significativa y repercute en la vida social y también laboral -sobre todo, por los posibles imprevistos que no puedo controlar-. La sintomatología me ha llevado a consultar con profesionales, pasando por una variedad de diagnósticos: hipotensión ortoestática, cefalea migrañosa, síndrome del cansancio crónico. Me he llegado a marear por la calle, a sentir lipotimias. Me ha costado andar y caminar, sintiendo una debilidad extrema. Todo ello ha repercutido en mi estado emocional, sintiendo  frustración por no poder rendir más de lo que lo estaba haciendo. La tensión suele coincidir con los periodos laborales. Salir de casa para ir al trabajo me produce una gran tensión por el temor a la imprevisibilidad, por la incomodidad de encontrarme gente e intentar ser correcta, amable, "sociable" y por el bullicio del ambiente. 

Por otro lado, no tengo una ansiedad de "fábrica. Es decir, la ansiedad o tensión no es intrínseca en mí, sino que depende del contexto. Si el entorno no me provoca preocupaciones, si no tengo que enfrentarme a situaciones impredecibles (cada mañana antes de ir a trabajar), si no tengo que enfrentarme a situaciones sociales incómodas... entonces, no siento ansiedad. Es curioso que empiezo a sentir tensión el domingo por la noche anticipando los posibles imprevistos que me puedo encontrar durante la semana, pero, el viernes por la tarde desaparece la ansiedad. El sábado es el día que no siento ansiedad. Espero ansiosa a que llegue el sábado no para dedicarlo al ocio, sino para descansar de la tensión acumulada durante la semana. He llegado a pensar que tenía "Burnout " o "síndrome del trabajador quemado".

Por tanto, no creo que sea una Ansiedad comorbida, sino una somatización  provocada por el contexto, no por mí. No es intrínseco mío. De echo, recuerdo vívidamente el detonador de mi tensión emocional: el primer día que fui al colegio, a los 6 años. Fue como un shock, como si me hubiesen aducido los marcianos y no entendiera nada. Todo cambio para mí de repente. Antes, me recuerdo como una niña vivaracha, risueña, alegre.... la vida era sencilla.  A partir de ese día me sentí como una extraña en un mundo incomprensible. Nunca me adapté, lo único que he conseguido es acomodarme a él.  

Cuando tengo que enfrentarme a situaciones poco amigables es cuando las somatizaciones aparecen. Las somatizaciones pueden ser muy diversas. Ahora, lo que siento son cefaleas, incomodidad estomacal, debilidad, pero antes han sido más profundas. 

Ahora se qué cosas me producen tensión y, aunque no puedo controlar las somatizaciones, puedo mitigarlas mejor que antes. 

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